Conozca las historias de quienes llenan de color el mercado Las Cuadras en Quito

Quito, (Quito Informa). – En el mercado Las Cuadras, la venta de flores comienza mucho antes de que salga el sol. Una flor puede durar unos días, pero la historia que hay detrás comienza mucho antes. Para Gonzalo, Doménica y Luis, cada jornada arranca en plena madrugada, entre viajes por carretera, recorridos por fincas, selección de flores y cientos de ramos que deben llegar a tiempo para ser ofrecidos a los compradores. Para quien compra una flor, todo parece comenzar al escogerla; para sus vendedores, ahí apenas termina una larga jornada de trabajo, familia y esfuerzo.

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Para quienes viven de este oficio, cada flor tiene detrás horas de trabajo, viajes, selección y esfuerzo. En sus manos, el comercio de flores se ha convertido en una forma de vida y, en muchos casos, en un trabajo que también involucra a sus familias.

Un oficio que nació después de un accidente 

Gonzalo Moreira, de 49 años, conoce bien las carreteras que conectan su oficio con los mercados. Viaja desde Santo Domingo junto a su esposa para abastecerse y trae consigo más de 15 variedades de plantas y follajes. Su historia con las flores inicia con el accidente de su hermano. “Fue una desgracia con buena noticia.  Fui por la calle 18 de Septiembre a buscar unos insumos para mi hermano y ahí vi que había muchas hojas y follaje que se dan en Santo Domingo. Ahí nació todo”.

Su trabajo también implica enfrentar largas jornadas de viaje, especialmente durante la noche y cuando las condiciones climáticas complican las carreteras. La demanda cambia ligeramente durante el año, cuando terminan las clases escolares puede bajar un poco, pero Gonzalo asegura que, para él, la disminución no es significativa. Su experiencia le ha permitido conocer los ritmos del negocio y saber que, aunque hay temporadas con mayores o menores ventas, siempre existe un público que busca plantas y flores.

Un trabajo que conecta historias 

A pocos kilómetros de esas historias de carretera está la de Doménica Almenaba, de 23 años, quien lleva cinco años dedicada a la venta de flores. Ella llegó a este mundo a través de su pareja y de su suegra, que ya conocían el oficio. Aprendió poco a poco cómo funciona el negocio y hoy forma parte de una actividad que, dice, también le permite encontrarse con las personas y compartir sus sonrisas.

Su jornada comienza mucho antes de que llegue al mercado. Un día antes visita las fincas de Cayambe y Pedro Moncayo para retirar las flores. Después, alrededor de la 01h00, emprende el camino para llegar cerca de las 04h00 y empezar a atender. Dos veces por semana repite esta rutina y puede traer entre 300 y 400 rosas, además de astromelias, girasoles, solidago y otras variedades de flor de verano.

Para Doménica, el atractivo de vender flores también está en lo que sucede del otro lado del puesto. “Venderles las flores y verles que están todos felices”, dice con una sonrisa cuando explica cuál cree que es el encanto de este trabajo. Después de vender, su jornada todavía no termina. “Regreso a las fincas para retirar nuevas variedades y luego vuelvo a mi casa para cumplir con mis labores de madre.  Tengo dos hijos”. Su hija disfruta de acompañarla y, cuando puede, le dice que quiere ir con ella a vender.

La venta de flores ha permitido cuidar a los hijos por más tiempo

La historia de Luis Males, de 53 años, comenzó hace 25 años y también tiene a la familia en el centro. “Cuando nació nuestra tercera hija, con mi esposa necesitábamos una actividad que nos permitiera trabajar y cuidar a nuestros pequeños”. Fue entonces cuando su esposa comenzó en el negocio de las flores y, con el tiempo, ambos hicieron de esta actividad una forma de sustento familiar.

Hoy, Luis lleva 10 años trabajando en el mercado. Para llegar a tiempo a la feria se levanta a las 01h45 y llega alrededor de las 04h00. Trabaja dos días a la semana y lleva aproximadamente 200 ramos los lunes y 400 los jueves. Las rosas son su fuerte, aunque su puesto ofrece una amplia variedad: claveles, crisantemos, lirios, astromelias, solidago, aster, girasoles y margaritas.

Su negocio también se mueve gracias a clientes que llegan desde distintos sectores del sur de Quito, Conocoto y otras zonas de la ciudad. Algunos compran al por menor; otros son comerciantes que llevan flores para continuar con la cadena de venta.

En su familia son ocho integrantes. Cuando sus hijos no tienen otras obligaciones, también ayudan en el negocio; cuando no pueden hacerlo, la familia recurre a mano de obra. Para Luis, el trabajo de las flores no es solamente una actividad comercial: es parte de una historia familiar que comenzó hace un cuarto de siglo. Entre tantas variedades, tiene una favorita: el lirio. Y mientras habla de su trabajo, cuenta también las dificultades que aparecen en el camino. En uno de sus últimos viajes tuvo que cambiar su ruta por el cierre de una vía y regresar por Cayambe para poder llegar al mercado Las Cuadras.

Gonzalo, Doménica y Luis tienen edades, historias y caminos diferentes, pero comparten una misma rutina: cuando la ciudad todavía está despertando, ellos ya están trabajando. Sus flores llegan después de recorrer carreteras, visitar fincas, seleccionar variedades y madrugar.

Por eso, detrás de cada ramo que alguien compra en un mercado de Quito hay mucho más que color y belleza. Hay una familia, una carretera, una madrugada, años de aprendizaje y una persona que encontró en las flores una manera de trabajar y construir su vida.

Visite el mercado La Cuadras, conozca a Gonzalo, Doménica y Luis quienes llevan flores frescas a su casa.

  • Feria de flores: lunes y jueves de 4h00 a 9h30
  • Dirección: av. Mariscal Sucre, sector Chillogallo
  • Ubicación: mercado Las Cuadras

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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