Quito (Quito Informa).- Puede que cuando usted recorra los sectores cercanos al río Machángara no le preste atención a las aguas que pasan por el afluente. Tras años de contaminación, el Machángara cayó en un estado grave que llevó al Municipio de Quito a iniciar un acciones integrales para su recuperación por medio del Plan Urbanístico Complementario Especial Río Machángara y la Ordenanza Verde Azul.
Pero ¿cómo llegamos aquí? La historia del Machángara es la historia de Quito y su recuperación es un reto no solo para las autoridades, también para los quiteños que convivimos a diario con su cauce.
Puede interesarle: ¿Desde qué edad puedo utilizar QuitoBici? y otras preguntas sobre el mejorado sistema de bicicleta pública
Al principio, el agua
El relato oficial indica que Machángara significa “nido de halcones”, pero la historia del río existe antes de la conquista incaica y la imposición del idioma imperial. “Machángara es un nombre que también aparece en otras latitudes. Se ha identificado que existe en Popayán o en Cuenca un río que también se llama Machángara”, explica Alejandro López, cronista de la ciudad.
López indica que los archivos muestran que el uso del río no solamente era ritual sino también servía para la cotidianidad, pero en un nivel que no degradaba su calidad. “De hecho, en las actas del primer libro de Cabildos aparece con el nombre de Machángalo”.
Los cambios empezaron con la fundación española de Quito en 1534, cuando la creación de un centro urbano con una estructura diferente a los pueblos originarios modificó las reglas del juego en el uso del río. “En el siglo XVII inició un poco la contaminación de este espacio porque la ciudad no tenía una disposición adecuada para el tratamiento de los desperdicios urbanos”, expresa el cronista.
El experto añade que las discusiones de la época eran acerca de las estrategias del Cabildo para proteger el agua de la ciudad que desembocaba en el río, se empezaron a crear acequias, pero los ciudadanos se quejaban de que las acequias eran un lugar para verter desperdicios. Al no existir una adecuada disposición de la basura, la solución era llevar los desperdicios al río.
“Se sabe que en el siglo XVII hubo una epidemia porque las harinas de la ciudad con la que se hacía el pan estaban muy contaminadas, en mal estado, ¿y qué dijo el Cabildo? Estas harinas tienen que tirarlas al río».
Siglos XIX y XX
En los inicios de la República y la llegada del siglo XX, el proceso de contaminación del río se aceleró por el uso industrial que empezó a darse a las aguas del Machángara. “Ahí se establece la primera planta eléctrica de la ciudad y los molinos, que antes eran más artesanales, empiezan a construirse a nivel industrial. Entonces la mayoría de fábricas se empiezan a instalar alrededor del río y vemos una transformación”.
Aunque existen fotografías de principios del siglo XX de personas bañándose y disfrutando de sus aguas, el crecimiento de la población, los desperdicios y una falta de conciencia de ciudadanos y el Cabildo, que enviaba las aguas servidas al río, llevó al declive del río.
López menciona dos casos, el primero conocido como el río de sangre, donde una serie de camales clandestinos vertían la sangre de gallinas, pollos y otros animales al río hasta teñirlo de rojo, y el socavón del Trébol en 2008. “Ahí encontraron una cantidad brutal de desperdicios; fueron una serie de colchones y de llantas que taparon el canal y esto hizo que colapse la infraestructura urbana”.
El reto de recuperar el Machángara
Mientras se desarrollan proyectos a gran escala como la Planta de Tratamiento de Residuos (PTAR) Quito, el Municipio trabaja con los ciudadanos con el objetivo de devolverle el resplandor al icónico río de la ciudad. Entre 2025 y 2026, se limpiaron 397.000 metros cuadrados, instalaron 7.000 metros de cercado, sembraron 2.800 plantas y realizaron 55 mingas comunitarias en seis administraciones zonales: Quitumbe, Eloy Alfaro, Manuela Sáenz, La Mariscal, Eugenio Espejo y Tumbaco.
El secretario de Ambiente, Santiago Sandoval, destacó que “recuperar un río es un proceso de largo plazo. Hoy estamos dando pasos concretos para cumplir con ese objetivo, conscientes de que la restauración de un ecosistema requiere continuidad, planificación y el compromiso de todos. Las acciones que realizamos ahora permitirán generar resultados progresivos en los próximos años”.
López recuerda que los anuncios televisivos de los 80 invitaban a nacionales y extranjeros a bañarse en las cristalinas aguas del Machángara. Aunque ahora ya no es posible, el reto de los quiteños para los próximos años es devolverle el resplandor que una vez tuvo. Reconocer nuestra identidad en este afluente y protegerlo asegura un mejor presente y futuro para la ciudad.







