Manuel Simba, el guardián del agua que conoce cada rincón del Antisana

Quito (Quito Informa). – En las faldas del imponente Antisana, a más de 4.000 metros sobre el nivel del mar, donde el paisaje parece no tener límites y el viento recorre el páramo con fuerza, Manuel Simba camina como quien conoce su propia casa. A su alrededor, el verde se extiende entre humedales, pajonales y lagunas; a lo lejos, el nevado domina el horizonte.

Ese paisaje, que para muchos es una postal, para Manuel es su lugar de trabajo y, desde hace 26 años, una parte esencial de su día a día.

Tiene 61 años y lleva más de la mitad de su vida como guardapáramo. Trabaja diez días en estas alturas y regresa cuatro a su hogar, en Píntag. Sale temprano. A veces a caballo, otras a pie o en motocicleta, junto a sus compañeros. El frío, la lluvia y el viento son parte de la jornada.

Manuel conoce cada sendero. Mientras avanza, habla de los humedales, de los animales, de los incendios, de las plantas, de la lluvia y del agua. Por eso, quienes lo conocen dicen que Manuel es una enciclopedia del páramo.

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Una vida dedicada a la protección del páramo

Su trabajo consiste en vigilar y proteger esta área de conservación hídrica. Recorre sus límites, controla posibles incendios, evita la caza furtiva y vigila que el ganado no ingrese a las zonas protegidas. También acompaña a los visitantes y les explica brevemente sobre el origen del agua y cómo se almacena en el páramo.

No pierde la oportunidad de explicar que no es solamente un paisaje: es un ecosistema fundamental para la vida. Así lo sintió desde niño. “No entendía por qué las personas arrojaban basura al río o quemaban los restos de las cosechas”, dice. Con los años, aquella inquietud se convirtió en una forma de vida.

Cuando comenzó a trabajar en el páramo, encontró un territorio muy distinto al de hoy. Recuerda que tuvieron que retirar más de 30.000 ovejas y alrededor de 10.000 vacas que afectaban la vegetación. También recuerda que los humedales degradados y el agua de los humedales había sido drenada a través de zanjas.

Hoy señala con orgullo los lugares que se han recuperado y habla de los animales que volvieron: venados, conejos, curiquingues, bandurrias y el cóndor. «Ver volar las bandurrias o el cóndor es posible por todo el trabajo de recuperar el ecosistema páramo”, cuenta.

También colabora con los controles del agua y precipitaciones

Manuel no solo recorre y vigila el territorio. Su conocimiento también forma parte del trabajo técnico que realizan la Empres Pública Metropolitana de Agua Potable y Saneamiento (EPMAPS) y el Fondo para la Protección del Agua (FONAG) para monitorear las fuentes de agua. Entre sus tareas está recoger manualmente los datos de los pluviómetros, equipos que registran la cantidad de lluvia que cae en la zona. También revisa y limpia las estaciones para que funcionen correctamente.

Registra parámetros como pH, temperatura y nivel del agua, además de recoger muestras para analizar su calidad. Esta información llega a los equipos técnicos de EPMAPS y FONAG que realizan el seguimiento de las condiciones del territorio y de las fuentes hídricas.

“Ser guardapáramo es ser guardián del agua”

Manuel habla de su trabajo con una tranquilidad que contrasta con las condiciones en las que lo realiza. No habla del frío ni de la lluvia como un sacrificio. Habla de felicidad. Dice que no habría encontrado otra actividad que le produjera tanta satisfacción como cuidar la naturaleza. Cuando llegue el momento de dejar el páramo, quiere irse orgulloso de haber aportado con su granito de arena.

“Para mí, ser un guardapáramo es ser el guardián del agua. Significa mucho proteger todo nuestro ecosistema y que algún día las generaciones cuiden y conserven nuestros páramos”.

Su historia forma parte de un esfuerzo mayor. EPMAPS y FONAG trabajan en la conservación, recuperación y manejo de 72.685 hectáreas de páramos y bosques de recarga hídrica en la zona de influencia del Distrito Metropolitano de Quito. Además, cerca de 20.600 hectáreas corresponden a predios adquiridos para la restauración de ecosistemas y la protección de fuentes hídricas.

Mientras nos despedíamos, cuatro cóndores aparecieron a lo lejos, sobre el área de conservación del Antisana. Volaban majestuosos sobre el paisaje que Manuel conoce y protege cada día. Por eso, después de 26 años, sigue caminando por las faldas del Antisana. Y cuando habla con la ciudadanía, su pedido es sencillo: cuidar el agua.

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